Debo admitir que me resulta un poco difícil hablar de «espiritualidad».

En mi opinión, es el término mismo el que tiene algo malo. Y también el hecho de que el mundo de la nueva era lo utilice tan mal, creo que haya contribuido a darle una connotación distorsionada. Si piensas en espiritualidad, probablemente pienses en gurús indios con el circulito rojo en la frente o en gente sentada en el suelo con las piernas cruzadas y los dedos índice y pulgar juntos o incluso en estampados florales hippies acompañados del famoso Namastè.

Como mencioné anteriormente, dejé de utilizar el término espiritualidad, al sentir que no podía transmitir un mensaje que fuera más allá de los estereotipos. Los que se autodenominan espirituales (y debo admitir que durante un tiempo yo también caí en la trampa) desgraciadamente tienen la tendencia a sentirse por delante o mejores que otros, que en cambio, pobrecitos, no elevan su Conciencia y siguen viviendo su vida plana sin hacer yoga o meditar al menos una hora al día. El riesgo es quedarse atrapados en un pedestal hecho de creencias que alejan cada vez más del concepto básico de unidad e igualdad entre todos los seres vivos..

Lo que me gusta aún menos de la palabra espiritualidad es que contiene la palabra Espíritu. Como si hubiera un espíritu dentro de mí (con respeto a los que creen que es Sagrado) pero está ahí y de alguna manera me posee. E inmediatamente me hace pensar en la palabra «espiritado». Además el Espíritu desde su etimología, «derivado de la idea de Aliento ligero e invisible, pasó a expresar cualquier Sustancia incorpórea como el Alma, Ángeles, Demonios, Duendes y la Sombra de un muerto» cit.

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Yo prefiero hablar de Conciencia.

Que no es ningún soplo externo, sino algo siempre intangible, pero profundamente conectado a nosotros mismos.

Y cada uno tiene su propia Conciencia. Y puedes hacer lo que quieras con ella, puedes escucharla, puedes ignorarla, puedes hacer un exame de tu Conciencia, pero aún mejor no puedes usarla como unidad de medida, como es el caso de la espiritualidad. Si medito soy más espiritual que tú. Si hago reiki soy más espiritual que tú. Si digo namaste soy más espiritual que tú.

Así que dejémos de utilizar este término que no es más que otra etiqueta, y empecemos a hablar más de Conciencia y menos de espiritualidad. Somos Mente, Cuerpo y Conciencia. De todas formas suena bien y da en el clavo.

Y también está el discurso de la «ritualidad». Espíritu-Ritualidad = Espiritualidad. Estoy de acuerdo en que el día debe estar bien organizado, con los tiempos y momentos adecuados para hacer las cosas, pero no creo que los rituales, es decir, algo repetitivo, casi siempre acompañado de amenidad, que si no se hace puede causar molestias, transmitan la idea de libertad y flexibilidad que, en cambio, nos ayudan a sentirnos realizados y plenos. Incluso los monjes tibetanos repiten su jornada de meditación y algunas otras actividades esporádicas, pero consiguen que cada día sea diferente, especial y, sobre todo, merecido. Porque saben que el verdadero valor de la acción va más allá de la acción misma.

Si luego, nos cuesta abandonar la palabra Espiritualidad, al menos empecemos a usar su versión más íntima que acuñé el otro día: EspiriMialidad. Sí, porque es un interés personal que crece desde dentro y luego se expande. Y no hay reglas generales en el camino espiritual (o mejor dicho, camino de la Conciencia) para poder o ser llamado así. No hay reglas generales fijas, como no hay reglas generales para la nutrición y la fe. Y este es mi pensamiento, porque al final, cada uno tiene la libertad y el derecho de manejarl las cosas como mejor le parezca.

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